
Segundo día de camino. A las 6:30 despierta la acampada al son del tamboril. Desde muy temprano y tras el ofrecimiento del día la comitiva comienza a recoger el campamento para reemprender el camino. Olor a café y pan tostado. Con los primeros rayos de sol los carreteros tiran de las mulas del simpecado iniciando la marcha de la Hermandad hacia las dunas del Cerro del Trigo, el tintineo de las campanas de la carreta acompaña a los peregrinos que agarrados a la barra trasera cumplen con sus promesas de llegar andando hasta la Blanca Paloma. Doñana nos muestra sus mejores galas acogiendo a los romeros entre un laberinto de verdes pinares, mientras la fauna y la flora contemplan con curiosidad el paso de las carretas. Son las 11:00 y la carreta se detiene para la celebración de la Eucaristía en el lugar conocido como La Laguna del Carrizal. Al término de la misma rezamos el Ángelus y se suceden las peticiones de los romeros de la «Tacita de Plata». La caravana se arremolina en torno a su Simpecado y las guitarras entonan sevillanas agradeciendo que en nosotros vive la devoción al Rocío.
El día más duro y trabajoso comienza a explicar su, por qué, al reemprender la marcha, cuando se cruzan las temidas arenas del Cerro del Trigo, provocando más de un quebradero de cabeza por los constantes atascos de los vehículos. A pesar de las dificultades todos juntos en hermandad se llega a la zona de Carboneras donde tiene lugar la parada del almuerzo. Tras el rengue la hermandad se hace de nuevo al camino para continuar por la zona de los pinares de los cortafuegos hasta llegar al Cerro de los Ánsares, donde la vegetación escasea y las arenas se hacen dueñas de la senda, mezclándose la dureza del camino con la emoción por las vistas que regala a los romeros.
Tras momentos de tensión por los atascos, de cansancio acumulado por el duro día y de convivencia en las arenas de los Ánsares, a la atardecida y antes de que el sol le pase el testigo a la luna, la Hermandad con su simpecado al frente llega a la zona denominada como Corral de Félix, donde tiene lugar la segunda noche de pernocta. Tras volver a montar y disponer todo lo necesario para la acampada, nos concentramos en pequeñas reuniones donde se consumen todo tipo de viandas y su buen caldo calentito. Una noche más y para desmentir ese dicho de que al Rocío solo se va de fiesta, antes de la medianoche los hermanos se vuelven a concentrar alrededor de su simpecado para proceder a realizar el rezo del Santo Rosario, tras el cual se suceden cantes por sevillanas y plegarias a la Reina de las Marismas. Aquí nos quedamos a la luz de las velas delante de nuestro bendito Simpecado, mañana será otro día, quién pudiera parar el tiempo.
Iván Roa

